A partir del miércoles 20 de junio y
hasta el 20 de julio de 2018, NG Art Gallery estará exhibiendo “Una Nueva
Realidad”, exposición personal del artista cubano Gerardo Liranza.
Sobre su trabajo, la profesora de
Historia del Arte de la Universidad de la Habana, Hilda María Rodríguez,
comenta en su texto “Desafíos de la representación”:
Más de una vez han sido cuestionados
los límites de la representación, siempre -eso sí- vinculada a lo que en última
instancia la sella, la legítima o devalúa, que no es otra cosa que el sentido.
Mucho “sufre” la escogencia del hacedor
cuando el aura aristotélica despierta como precedente de la semblanza de la
pintura resultante. Horas invierten aún los artistas tratando de reivindicar o
de darle el golpe de gracia al lenguaje. Lo cierto es que –mercado aparte-
continuamos sin podernos desembarazar de lo que marca y quizá explique la
perdurabilidad de las diatribas acerca de lo que se representa. Eso es, la
experiencia pictórica y la posibilidad de reidear una lectura otra -la
interpretación escribiría Danto- de lo que se convierte en “motivo”, sin
olvidar el valor del proceso.
Creo saludable aclarar que en ningún
caso me estoy refiriendo a meras representaciones, reproductivas, antes más
bien deseo privilegiar la ¨información´, el sema si se prefiere, más allá de la
teoría socrática que incluso puede resultar conveniente en estos
tiempos postmodernos. Justo en medio de las sinuosas reflexiones coloco las
obras más recientes del joven creador Gerardo Liranza, quien junto a Kamilo Morales ocupó la Galería
Galiano, durante el último mes del año 2016.
La historia de Liranza comienza con la
fotografía como documento de aquel fragmento real primigenio que,
luego se integra a todo el proceso de creación de una ¨nueva
realidad¨ perteneciente al acontecimiento
pictórico. Y como de representación estamos tratando, podría pensarse
que, dada la naturaleza del motivo visual o espacio físico
escogido, éste puede ser captado para habitar en la vastedad de la fotografía.
Solo que también existen las diferencias entre los medios y ello me hace
reconocer que la necesidad de la representación pictórica está muy vinculada a
la expresión, a los recursos y efectos propios del acto de pintar.
Con esto no estoy siquiera sugiriendo
que – especialmente hoy- la fotografía no se muestra bondadosa en sus
potencialidades, cuando realmente se brinda plena para transfiguraciones,
dotada para la excelencia técnica y el más sofisticado y virtuoso de los
manejos retinianos, lo cual deviene desafío para el resto de los caminos
de creación, mas deseo consentir las fascinaciones propias del rito
pictórico.
Liranza trae un ¨asunto¨ recurrente y
no por ello menguado, porque siempre se distingue el valor simbólico, la
sugerencia del artista. Estamos ante espacios que pertenecen a la
reminiscencia, construcciones que otrora vivieron a través de la actividad
productiva, antiguos galpones, almacenes, que hoy exhiben más bien sus restos y
reclaman ser retomados por el imaginario artístico.
Como traje a colación la fotografía,
aprovecho para recordar en términos de tema y riqueza visual, la obra del
artista cubano Ricardo Elias, quien ha revisitado con su lente los viejos
colosos azucareros, cuyas imágenes fragmenta, deconstruye y manipula en
nuevas recomposiciones. Esta mención me permite citar parentescos y diferencias
con la obra de Gerardo, quien también interviene desde un gesto
arqueológico, recupera, reabre el capítulo de la memoria, pero en su caso, la
pintura le coloca en otros caminos y le permite escrutar los potenciales
expresivos de la propiedad corpórea del óleo. El empaste, el grosor del
pigmento aplicado pródigamente en ocasiones, supone también que pueda
referir la materialidad, como ocurre en la pieza ¨Respiro¨, en la que casi se
fuga el reconocimiento de la apariencia real tras la imposición del ¨close up¨,
el efecto casi abstracto de los detalles texturales y las pastas blancas,
grises y negras.
“Herrumbre”, “Herrumbre1” y, especialmente
el díptico “Vestigio”, dimensionan las estructuras de metal que el paso
destructivo del tiempo ha dejado al descubierto, pero al mismo tiempo podemos
notar la interacción que resulta entre el entramado de metal y las
cubiertas de concreto, tanto como la caprichosa superposición de planos. En
algún sentido el accidente le ofrece al artista el pretexto para connotar las
beldades de la arquitectura, de los tejidos lineales que antes fueron
sostén y ahora crean espacios ilusorios y hacen habitar las sombras y las
luces.
La dejación del documento fotográfico
le libera para la creación de paredes que destacan en blancuras sospechosas,
puras, que se erigen señales transgresoras de la lógica en medio de las ruinas,
como ocurre en “Reconversión”. Y es que -como diría Danto- se trata de inducir
una actitud, de manera intencionada, ante lo representado e involucra a la
energía, la cual ha de ser sentida[1].
En última instancia estamos dando
crédito al valor de lo sensorial, al lícito sentido de la esteticidad o la
adjetivación metafórica, sin despojar al receptor de la información que, en
este caso tiene que ver con un llamado sobre la pérdida, el abandono, la
desjerarquización y también la transmutación de las cosas. Los recursos
visuales, la ponderación incluso de lo que atrae, léase la
exhibición de la perspectiva lineal dada por las tramas férreas de las vigas en
esa suerte de galpones, las cuales perturban en su perfección ingenieril,
ahora presumiblemente “retocadas” por la sutileza de los claroscuros
y su prolongación en las sombras, tan rigurosamente propuestas en
“Reconversión” y “Restos”. De otro lado está la integración a
través de la perspectiva aérea, la insinuación del entorno natural como
referencia del enclave real para que nos percatemos que más allá hay vida
(“Vestigios”).
Muchos otros efectos completan el
interés visual, los cuales se revelan en las transparencias de ligeras
acumulaciones de agua en el suelo, manchas de humedad o pintura desprendida en
los fragmentos de fachadas, los paredones quebrados. La apariencia es
surrealizante e incluso escenográfica, y mucho tiene que ver
con la reconversión que el propio título de una de las telas se encarga de
hacer obvio como deseo.
Hay algo de vanidad en el desafío a una
mera representación y hay mucho trabajo, pero al servicio de esa
apelación a las soledades y al misterio habitado por la memoria,
aunque ya no sepamos ya como se nombraron tales construcciones o donde
aún resisten sus ¨osamentas¨, con una dignidad vertical que es enaltecida por
un golpe de luz, en su cualidad de energía. Esa asunción casi ética, convierte
estos lugares en argumento más que en excusa para el artificio técnico;
en fragmento sustantivo, trocado por el modo en que Liranza
lo vio o más bien lo reinventó para nosotros.